Para qué sirven los ojos

Las miradas

Pablo Fernández Christlieb

Bueno, sí, para ver, pero los ojos también sirven para producir ciertas señales que se llaman miradas. Ver es percibir con los ojos: la vista recibe los objetos. Pero mirar es tocar con los ojos: la mirada se pone sobre las cosas. Uno tiene visiones, pero lanza miradas, echa miraditas. La vista es un sentido de la percepción. La mirada es un modo de la comunicación.

La sociedad es un correo de miradas: miradas ordinarias, urgentes, certificadas, sin remitente y a posta restante. La mirada es una especie de animalito domesticado, como paloma mensajera que se manda y se recibe entre los ojos de unos y otros, y que de vez en cuando se pierde o se la deja descansar en un rincón donde nadie la alcance. Por eso, las miradas a veces se esconden y a veces se encuentran. Así, en las conversaciones, quien toma la palabra desvía la mirada para que no lo interrumpan, porque no hay manera de hablar si no hay primero contacto de ojos. Jamás podrá encontrarse la mirada de una mesera ocupada, y sólo hasta que ella quiera traerá más café. En el metro, en las filas y en otros ámbitos de la espera pública, todos se encargan de colocar sus respectivas miradas fuera del alcance de los demás, porque la mirada es una incursión en el espacio vital del otro, y devolverla implica permitir la entrada a nuestro territorio. Las mujeres conocen mejor el arte de no mirar.

No obstante, en esos mismos lugares públicos, todo el mundo quiere mirar, aunque se exponga a ser visto. El voyeurismo es una forma del conocimiento: uno mira a los demás para compararse y diferenciarse de ellos, y para conocerse a sí mismo. Los parques, los cafés y demás sitios de reunión son un baile de miradas furtivas, donde se vale mirar a otros pero no se vale que lo cachen. Y, ¿ quién mira a quién? Primero; uno mira a sus iguales: los adolescentes miran a los adolescentes para checarles la ropa y la pose que traen puestas, los cuarentones a sus contemporáneos para aprender la manera de sobrellevar las edades. Segundo; una mira a sus opuestos: los solteros miran a las casaderas porque son complementarios, los abuelos a los nietos para promediarse, los sumisos a sus opresores porque son tal para cual. Tercero; uno mira a los distintos, por exclusivas razones estéticas: a los que son preciosos se les mira sin pretensión alguna toda vez que no son ni iguales ni complementarios, y a los muy feos, a los tontos, a los chemos, a los extranjeros o a los lisiados, es decir, a los extraños, se les admira como a un incidente de tránsito, por mera curiosidad científica. Además, también hay los invisibles, los inmirables, aquéllos a los cuales uno ha aprendido a no mirar, a no percatarse de que existen: los jóvenes no miran a los viejos, los locuaces no miran a los tímidos, las clases altas no miran a las bajas, los mestizos no miran a los indígenas. Los egocéntricos no miran a nadie; los ególatras sólo miran al espejo. Hoy por hoy, la pareja no mira a su pareja. Todos somos el invisible de alguien.

Pero, a fin de cuentas, las miradas se hicieron para encontrarse, y por eso se buscan. Quien quiere intervenir en una plática busca la mirada del que está hablando, y el que quiere dejar de hablar mira a los demás. Asimismo, se busca la mirada del otro para preguntarle, suplicarle o amenazarle con los ojos, en silencio, y a ver si la halla. Los que se acercan de frente en una banqueta se miran para notificarse sus presencias y evitar un choque, igual que el ciclista busca los ojos del chofer. Mirar es tocar; ser mirado es ser tocado: mirarse es desprotegerse. Y así, hay quien encuentra la mirada del otro para retarlo, o para hurgarlo y violarle su espacio humano, como los que revisan de arriba abajo con la mirada alzada, técnica para la cual el sexo masculino tiene más tablas: la paloma mensajera es algún halcón depredador. Pero cuando las miradas se buscan y se encuentran, no para allanar territorio ajeno sino para abrir el propio, se tejen entonces las alianzas, las complicidades y las comuniones que ningún contrato puede fundar y ningún desacuerdo puede romper, porque están pactadas más allá de lo comprensible. A veces sucede entre dos desconocidos a la vuelta de la esquina que nunca se volverán a ver: a veces no sucedió jamás en un matrimonio modelo. Y a veces, lo que es peor, uno busca con la mirada los ojos del otro, y encuentra que esos ojos sólo están viendo.

Periódico: EL FINANCIERO
Columna: EL ESPIRITU INUTIL
Fecha: Miércoles, 7 de Septiembre de 1994        Página 65

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Una respuesta to “Para qué sirven los ojos”

  1. holaaa Says:

    los ojos solo sirven para comer bien

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